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Chicos que pasan hambre, jubilados que no llegan a comer y trabajadores atrapados entre las deudas y las privaciones: la crisis dejó de ser una estadística y se metió en la mesa de millones de familias.

En la Argentina de hoy, la mayoría de los chicos pasa hambre. No siempre se ve en la calle: muchas veces está en la comida que falta, en el plato que se achica y en las familias que hacen cuentas para estirar lo poco que tienen. UNICEF informó que el 42,3% de niñas, niños y adolescentes vivía en hogares pobres y que el 9,4% estaba en la indigencia, según datos del segundo semestre de 2025. Son millones de chicos creciendo con necesidades que ningún discurso oficial puede disimular.

Los jubilados también están pagando el costo de esta crisis. Hay adultos mayores que trabajaron toda su vida y hoy tienen que elegir entre comprar comida, medicamentos o pagar las cuentas. En octubre, la jubilación mínima con el bono llegó a $505.748,51. Para quienes viven con ese ingreso, la pregunta no es cómo darse un gusto: es cómo llegar a fin de mes.

Y los trabajadores, incluso los que tienen empleo, están cada vez más ahogados. Se endeudan para pagar la tarjeta, el alquiler, los servicios y hasta los alimentos. Muchas familias dejaron de comprar cosas básicas, suspendieron gastos y viven usando cuotas o préstamos para cubrir lo que el sueldo ya no alcanza a pagar. La deuda se volvió parte del presupuesto doméstico.

Mientras tanto, las empresas cierran y detrás de cada persiana baja quedan puestos de trabajo perdidos, proveedores sin cobrar y familias con menos ingresos. Desde la asunción de Javier Milei, el registro de empleadores con trabajadores formales cayó en más de 32.000. La cifra no equivale automáticamente a empresas que cerraron de manera definitiva, pero sí refleja el retroceso de quienes sostienen empleo registrado.

Los comercios atraviesan uno de los peores momentos que se recuerden. Venden menos, reducen gastos y dependen de promociones para que la gente pueda comprar. Aunque CAME registró una leve suba interanual de ventas minoristas pyme en septiembre, describió una demanda concentrada en la reposición de productos indispensables y presupuestos familiares restringidos. En los supermercados, las ventas reales de agosto cayeron 3,7% respecto del mismo mes del año anterior.

El Gobierno puede hablar de orden fiscal y de indicadores que mejoran. Pero no hay orden que alcance si los chicos tienen hambre, los jubilados se cagan de hambre y los trabajadores viven endeudados y privados de lo necesario. No hay recuperación para una familia que no puede llenar la heladera; tampoco para el comerciante que abre cada mañana sin saber si va a vender lo suficiente para cubrir los gastos.

Esta recesión se siente en cada barrio y en cada mesa. Se siente en los negocios vacíos, en las empresas que bajan sus persianas y en quienes trabajan cada vez más para vivir cada vez peor. Ese es el costo humano de un modelo que exige sacrificios a millones mientras deja a demasiadas familias sin respuestas.

No alcanza con decir que el país está mejor. Si la vida cotidiana de la mayoría se vuelve más difícil, la crisis sigue ahí. Y quienes la pagan son los chicos, los jubilados, los trabajadores y los comercios que todavía resisten.